jueves 12 de noviembre de 2009

Dos meses de vida

Me habían dado dos meses de vida. Una espantosa enfermedad estaba comiéndome. Estaba dejando sus huellas por cada rincón de mi cuerpo.
Al principio todo fue una sorpresa, era un control rutinario y yo... yo... ni siquiera me sentía mal... ni siquiera supe como reaccionar ante ello.
Me quedé pálida. El doctor empezó a moverse muy despacio, casi parecía una broma macabra. Se deshacían sus rasgos, empecé a verlo todo completamente azul... me desperté dos horas después deseando que todo fuese una pesadilla, pero no, no lo era. Ya no quedaba esperanza para mí.
Llegué a mi casa sin saber ni siquiera si debía llorar y perder un día de esos 61 que me quedaban como máximo, no estaba segura de si valía la pena, tampoco sabía si debía sentir miedo ya que... para mí todavía era imposible plantearme si quiera la posibilidad de que fuera cierto.
Simplemente no podía ser.
Entonces conseguí dirigir mis pasos hacia el sofá y sentarme. Me senté con las piernas y los pies juntos, reposé las manos sobre las rodillas y la espalda en el mullido respaldo. Respiré profundamente unas cuantas veces y fijé la mirada en la televisión.
Ni una palabra.
La voz se me había ido con la esperanza.
Mi familia me miraba como intentando hablarme, pero... ni ellos sabían qué decirme. ¿Qué se supone que se le dice a un sentenciado? Ni el verde de la milla me traía un alivio.
De ahí en adelante sólo vi ojos vidriosos a mi alrededor, muecas lánguidas, rostros pálidos... ni una sola palabra... dos meses así era peor que saber que me moría.
Cuando tuve unos días para asumir definitivamente todo lo que había pasado decidí hacer una lista con cosas sencillas que quería hacer antes de que... bueno... de que se me acabara el plazo: probar el helado de menta, ir una vez más al parque de atracciones, nadar con delfines... y según iban surgiendo deseos en mi cabeza, decidí aprovecharme de aquellos que sentían lástima por mí. Total, para lo que me quedaba, utilizaría su pena como aliada.
Así conseguí cumplirlo todo. Los días fueron pasando como si cada uno fuese el cumpleaños de una niña rica. Y me gustaba.
Pero para cuando quise darme cuenta, estaba en la séptima semana de mi "permiso" y, aunque en teoría aun me quedaba tiempo, esa mañana me desperté de una forma diferente.
Me desperté con una sensación extraña en todo el cuerpo. Una especie de hormigueo, a caballo entre el malestar y las cosquillas. No sabría explicar por qué, pero me di cuenta de que aquel sería el último día en el que vería la luz del sol.

- Voy a morirme hoy, mamá, puedo sentirlo-
- No... digas.... tonterías, hija -

Pero en los ojos de mi madre se veía el pavor de la verdad. Me moría. Ella también podía verlo.

- Si te encuentras mal llamaré al doctor, igual un analgésico puede calmarte -
- Mamá... la muerte no tiene cura -

Mi madre se quedó perpleja. Empezaron a llorarle los ojos.
Un dolor punzante me atravesó el estómago y quedé apoyada en el suelo sobre las rodillas. Cogí mi teléfono móvil y busqué un número concreto.

Carlos.

- ¿Sí? -
- Hola Carlos -
- ¿Va todo bien? -
- Ehm... bueno... no muy bien, pero necesitaba hablar contigo -
- ¿No va bien? ¡¿Qué está pasando?! -
- No te alarmes ¿Vale? Simplemente te llamaba para decirte que... que te quiero, y que quiero agradecerte que hayas estado en mi vida, de verdad, me has hecho sentir especial tantas veces que... -
- Para, ¡Para! No se te ocurra despedirte de mí... no se te ocurra... voy a verte ahora mismo -
- No es necesario, no sé si voy a poder atenderte cuando vengas -
- Pero... -
- Escúchame, quiero que ahora mismo me digas todo lo que piensas de mí, todo lo que hayas querido decirme siempre, todo... todo lo que se te pase por la cabeza -
- ¿Por qué? -
- Te estoy dando una oportunidad que pocos tienen, la oportunidad de no dejarte nada en el tintero -
- ¿Es tan importante? -
- ¿Lo es para ti? -
- ¿Acaso importo yo ahora? -
- Sí... dentro de una hora yo ya no recordaré nada de lo que me dijiste, tú, sin embargo, lo recordarás el resto de tu vida -

miércoles 16 de septiembre de 2009

El desfile

Llevaban tiempo diciendo que nos ofrecerían un desfile que no dejaría a nadie indiferente. Algo cercano, impactante e inusual.
Como se acercaban las navidades, todos pensamos que se trataría de alguna argucia para vender más cosas, para transportarnos a una época de blablabla, vamos, un belén viviente o algo similar.

Era un gran centro comercial, estábamos todos allí esperando a que empezase el espectáculo, además, para darle más emoción al asunto, las tiendas cerraron sus puertas, apagaron sus luces y quedaron encendidas, solamente, las luces de emergencia... hasta pararon las escaleras mecánicas.

Yo estaba en el segundo piso con algunas amigas, apoyada en la barandilla. Sabía que el desfile comenzaba abajo, desde los aparcamientos, así que preferí estar arriba por si me aburría la escenita, poder marcharme tranquilamente sin ofender a nadie.

Al principio no noté nada extraño, nada diferente. Pero la gente empezó a salir corriendo poco a poco.
Como cada uno corría en una dirección no supe realmente si huían de algo o si corrían hacia algo... así que tuve que seguir esperando un rato más. Tampoco tanto rato. Al cabo de, quizá, un par de minutos, pude darme cuenta de que algo iba realmente mal.

Entonces le vi. Era un chaval de unos veinte años, tal vez algunos más, pero jovencito al fin y al cabo. Llevaba unos pantalones piratas... pero de la pernera derecha, en vez de una pierna nacía una especie de muñón ensangrentado que más parecían tripas o carne retorcida que una amputación normal de un miembro.
Estaba hablando con otro como si tal cosa.
Seguí buscando sujetos del estilo por el centro comercial... todo estaba lleno. Había gente con la mitad del cráneo arrancada a la que podías verle latir el cerebro. Había gente sujetándose los intestinos con sus propias manos... yo no sabría decir si todo aquello era real o sólo era atrezzo... pero si era atrezzo, creedme, estaba MUY bien conseguido.

Alguien chocó contra mi hombro, cuando le miré vi como las vísceras le rebosaban por la boca... me giré y miré al suelo. Intenté contener el horror y respirar... pero a cada paso que daba me cruzaba con otro más de esos... cómo llamarlos... monstruos, supongo.
Otro venía de frente con uno de sus ojos fuera, otro tenía la cabeza totalmente destapada y el líquido cefalorraquideo le goteaba por las sienes.
Todos con esas miradas vacías, esas muecas tiesas y perdidas. Y pese a que sus miradas no decían absolutamente nada podían helarte la sangre en cualquier momento... era como mirar directamente al vacío, estar hipnotizada por la oscuridad, ser devorada, morir.

Empecé a correr desesperada por el centro comercial intentando que NADIE me tocase. Estaba totalmente perdida presa del pánico y ya ni recordaba por donde estaban las salidas.
En el camino me choqué de frente con alguien y grité automáticamente incluso antes de ver quién era la otra persona (o no persona). Para mi sorpresa y alivio era una amiga mía que se estaba viendo en la misma situación que yo.
Huir.
Nos miramos y nos abrazamos, nos sentíamos las únicas supervivientes de una gran masacre.
Tres de esos seres se nos tiraron encima. Nos cobijamos la una en la otra tiradas en el suelo sin poder decir otra cosa que "Dejarnos en paz, por favor, por favor..."
Entonces se fueron, se fueron y no entendimos por qué.

Levanté la vista.
Mi amiga aun no se atrevía a hacerlo y tenía la frente clavada en mi hombro. Temblaba. Pero más temblé yo cuando lo vi.
Y sí, vaya que si LO vi.
Una criatura salía del ascensor... no podría explicar como me aterró la sola imagen de aquello.
Era una especie de hombre mutado, andaba como si fuese una araña. Tenía seis patas, cuatro brazos y dos piernas, llevaba unos vaqueros y nada más, pero tenía la parte de arriba del cuerpo como si fuese de un fuerte cuero marrón.
Levantó la vista y su cara era terroríficamente humana. Si hubiera tenido ocho ojos y dos pinzas en la boca, hubiera sido mucho menos tétrico, pero era un chico... era un chico joven.
Después de que él saliera pude ver que más criaturas estaban llegando desde otras partes del centro comercial así que levanté a mi amiga del suelo y le dije que teníamos que huir a alguna parte.

Nos metimos en los baños de caballeros, estaban de obras en la segunda planta y a penas quedaba una pequeña rendija, de unos treinta centímetros para poder pasar dentro, así que supuse que no podrían llegar hasta allí.
Nos metimos a duras penas y esperamos muertas de miedo a que todo pasase.
Pero no todo iba a ser tan sencillo.
Vimos como la criatura de cuero entró y subió directamente encima de una pared casi construida. Saltó como si la gravedad no existiese. Casí podría decir que ese cuerpo tosco y monstruoso volaba.
Así entraron varias criaturas más a cual más horrible.
Nosotras temblábamos en el suelo sintiendo su presencia sobrevolando nuestras cabezas, paseando a nuestro lado, rozándonos, aullando casi en susurros en nuestros oídos. Metiéndonos miedo... rozándonos con sus patas, acariciando una piel que tal vez echaban de menos...

Aun ahora al recordarlo sigo temblando, no sé por qué esos malditos hombres de blanco siguen sin creerme... encima no hacen más que repetirme que les cuente la historia... bastardos.

lunes 14 de septiembre de 2009

Juguetes (sueño) educativos

Hacía unas semanas que estaba recibiendo, por parte de unos y otros, unos juguetes un tanto extraños. Los tenía al lado de la cama porque eran grandes y no sabía muy bien donde podía (o quería) meterlos. No me gustaban demasiado.
Los más grandes y llamativos eran tres, una caja de música con sorpresa (de estas que en un momento se abren y sale una graciosa cabeza de payaso disparada), un duendecillo de unos... no sé, ochenta centímetros de altura y una pequeña maqueta de una ciudad con un trenecito eléctrico que estaba tapado con una cúpula de plástico para que nadie metiera sus dedazos en ella.
Me acostaba cada noche dándoles un vistazo receloso, pensando que tal vez cobrarían vida mientras yo dormía e intentarían asfixiarme con la almohada o algo peor... al menos el duendecillo tenía dedos prensiles... podría hacer cualquier cosa...

Mi madre y yo volvíamos a casa, de repente, paró en una rotonda y me dijo "Tengo algo que hacer aquí, ven conmigo o espérame en el coche". Decidí bajarme con ella, no quería quedarme encerrada allí.
Nos acercamos a un cajero y entonces ya pude olerme el pastel.
Allí había un hombre de tez oscura y pelo casi a media melena, era un tipo que hacía mucho tiempo había ocupado uno de los pisos que tenía mi madre en el centro y que al final se marchó dejando la casa hecha un cuadro y debiendo dinero.
Mi madre, seamos sinceros, no anda falta de líquido, pero ella es así. Como diría cualquier pez gordo "La pasta es la pasta ¿No?"
Yo ya le había dicho muchas veces que por el dinero que le debía no valía la pena estar constantemente buscando a ese hombre, que era mejor dejarlo pasar, total, más vale vivir tranquilo que andar buscando pelea. Parece que lo consideró un mal consejo, vete a saber.
Mi madre se acercó al hombre ya con la idea de ridiculizarle en la calle.

- Así que a mí no me pagas ¿Eh? Pero por lo que veo dinero tienes, que estás sacándolo del banco... muy bien, muy bien, tal vez ahora tengas algo en las manos que debas darme -

El hombre agachó la cabeza y resopló. Ni nos miró a la cara.
Allí, en la sucursal, también había una mujer joven con un carrito y un bebé que miraba la escena atónita sin saber muy bien a qué venía el espectáculo.
Yo no sabía donde mirar ni donde meterme.
El hombre se fue mientras mi madre le gritaba improperios y agitaba los brazos para que todos la vieran (un espectáculo) y yo, desde mi conocimiento de la sociedad, pude ver en su cara que ya había sido la gota que colmaba el vaso.
Le vi llegar a su coche, abrir la puerta y entrar. Pero cuando le vi salir de nuevo supe que algo iba mal.
Él se acercó con una pistola en las manos y antes de que pudiéramos darnos cuenta le estaba disparando el primero de tres tiros a mi madre.
La mujer del carrito me cogió de los hombros para protegerme o para no dejar que me inmiscuyera, no lo sé con seguridad. Sólo sé que en cuanto el tío tiró el arma, la cogí y le pegué un tiro en la pierna.
Reacción absurda. El ser humano es incomprensible.

Dos minutos después apareció un grupo de hombres, todos parecían conocer a tal sujeto, vinieron para llevárselo al hospital y ya de paso se llevaron a la fuerza a la mujer con el carrito (que algo debía pintar en todo este asunto, no valían las coincidencias).
Mientras llegaba la policía, las ambulancias y todo el resto de servicios de emergencia yo me quedé pensando en cómo salvar a la mujer del carrito, pensé en enterarme de dónde la tenían y tal vez, sólo tal vez, entrar por algún tipo de conducto o chimenea como lo haría papá noel... como lo haría...



Dios mío... todo había sido un sueño... los tiros, el hombre, la mujer del carrito... parecía tan real... me giré y vi un nuevo muñeco al lado de mi cama, era un... ¿Papá noel? Pero si estábamos a finales de verano... ¿Qué pintaba ahí? ¿Sería por el sueño?
No sé cómo no me desperté antes, porque el muñeco estaba cantando y a su compás se estaban moviendo los demás, como si fuera la pieza que faltaba en todo un engranaje.
Le di un golpe en la cabeza esperando que se callase. Se hizo el silencio, pero en menos de diez segundos volvió con la cantinela.
Le volví a golpear, pero ocurrió lo mismo.
El muñeco era grande, mediría un metro de alto más o menos y estaba hecho de plástico duro, como las muñecas de antes, que son huecas por dentro y muy duras por fuera. Me lo senté en el regazo para poder buscar mejor el resorte que lo apagaba y lo encendía, algún botón o lo que fuese.
No encontraba nada de nada hasta que por fin posé la mano entre las piernas del muñeco y allí estaba, a modo de genitales, el botón de encendido y apagado.
Lo pulsé y el botón quedó retraído hacia dentro... fue cuando vi el espectáculo más aterrador y dantesco de toda mi vida.
Vi como los juguetes comenzaban a derretirse.
Perdían el color lentamente, se volvían grises y mustios, algunos, como el payaso, parecía que empezaban a derramar gotas de sus ropas, del gorro, del cuello... sus rostros se contraían y estiraban, se desfiguraban, los ojitos negros y profundos se les salían con un gesto de terror y súplica y todos TODOS los que tenían cara, la giraron hacia mí a punto de soltar y grito desgarrador y horrible.
Cuando vi que empezaban a abrir las bocas con el rostro clavado en mi cara, decidí no arriesgarme y volver a apretar el botón.
El botón salió como si el muñeco tuviera una erección y, entonces, todo recuperó de nuevo su color, su forma y los muñecos empezaron a moverse al son del papá noel de plástico.




Esta vez sí que DESEÉ con todas mis fuerzas que esto fuera un sueño...

jueves 3 de septiembre de 2009

¿Dónde estabas?

Llevaba mucho tiempo pensando en lo asquerosa que estaba siendo mi vida. El mundo seguía avanzando sin mí.
Sólo guardaba el dolor de los hombres que me dejaron. La tristeza de la soledad y la envidia del amor bien encontrado.
Tuve que ir a clase de maternidad sin quererlo siquiera. Cuando vi todas esas maniquíes espatarradas y todas esas piezas que inspiraban profundo terror sueltas sobre algunas mesas... me sentí en medio de una fábrica de los horrores.
Un horror que sólo una mujer puede comprender.
Mientras estaba allí, intentando atender las explicaciones, solamente podía pensar en todos los que no me harían estar así algún día. La familia que año tras año se hacía más y más lejana.
Veía a todas mis compañeras vestidas de blanco, divertidas, charlando animadamente y me sentí aun mas antisocial que de costumbre.
Sólo tenía ganas de llegar a casa y llorar. Enterrarme entre las sábanas y quedarme allí para siempre.
Puede que fuera por lo mal que comía los últimos días o tal vez fuese que mis fuerzas me abandonaban porque no creían que seguir tuviera sentido. Pero mientras la práctica continuaba, mi cabeza decidió dejarme de lado.
Empezaron a distorsionarse los contornos de mis compañeras, la mesa, los maniquíes... para cuando quise darme cuenta la realidad estaba más en vertical que en horizontal.
Luego nada.

Estuve unos minutos inconsciente tumbada sobre una camilla. Todas mis compañeras me observaban y se lanzaban miradas cómplices. Daba la sensación de que todas se esperaban algo así (¿Tan mal se me veía? Yo no creí que fuese tan evidente).
Cuando ya pude abrir los ojos le vi allí.
Entraba con el rostro contraído por la preocupación.
Yo.. ¿Cómo decirlo? No sabía quien era.
Era alto, guapo y fornido. Tenía unos rasgos muy masculinos bien definidos, pero sutiles, casi dibujados. Llegó, me tomó entre sus brazos y me acarició la cara mientras preguntaba "¿Qué le ha pasado?"

- Cariño ¿Estás bien? - casí podía palpar sus lágrimas.
- Sí.. ehm.. no ha sido nada -
- Vámonos a casa, anda -

("¿A casa?")

Conseguí incorporarme por mí misma y levantarme de la camilla. Salté, con un poco de esfuerzo, y me puse de pie a su lado. Me abrazó y entonces lo recordé todo.
Le quería.
Le quería a morir.
Y le conocía. Al menos le conocía lo suficiente para quererle.
A mi memoria empezaron a llegar recuerdos difusos, quizá demasiado lejanos, quizá algo había pasado para no tenerlos ahí, pero cuando vi sus ojos mirándome muy de cerca supe que él había estado en mi vida durante mucho tiempo.
No sé si fue la forma en que mi cabeza encajaba perfectamente bajo su barbilla, si eran sus cálidas manos en mi piel, o si era su dulce voz al susurrarme... no sé qué fue lo que me recordó todo.
No sé si, simplemente, empecé a imaginarme una vida con él.

Sea cual fuera el caso, en ese momento me di cuenta de que estaba enamorada, tal vez no lo hubiera estado antes, tal vez no lo estaba realmente, pero creo que lo que sí tuve muy claro, es que podría enamorarme de él.

Bienvenido a casa, cariño.

viernes 28 de agosto de 2009

Tierra dorada

Allá donde alcanzaba mi vista todo eran paisajes que desconocía. Árboles huesudos y desnudos que nunca había visto antes.

Campos de un color ocre, como la mostaza, pero no eran las cosechas norteñas de España, no, eran tierras enteras. Tierra dorada. Campo y más campo destellando al sol.

Todo estaba en ruinas, como si hubiera pasado un terremoto o una guerra. No había una sola pared entera a kilómetros. ¿Cómo había llegado allí? En un sueño, supuse, no tenía más explicación.

Me abría paso con cuidado entre los escombros, lentamente, como si temiera que algo fuese a reventar de repente. Pero no pasó nada y poco a poco todo aquel lugar empezó a parecerme hogareño y simpático.

Empezó a enseñarme su alma.

Iba con mi cámara por aquellos lugares olvidando el hambre y la sed. Sin sentir nada. Simplemente caminaba y buscaba las imágenes que querría recordar toda la vida.

Pasados unos metros vi a unos hombres que llegaban.

Eran unos cuatro o cinco hombres, totalmente vestidos de negro. No llevaban un traje convencional ni nada que se les pareciese. Eran como unos trajes de gasa que les envolvía más que vestirles.

Ellos eran de tez tosca, de piel curtida y áspera, morena, llevaban barba de varios días y un pelo frondoso y moreno. Reían. Reían a carcajada limpia. En aquel sitio no habría nadie que se lo impidiera.

Subían por las ruinas ágiles. Muy ágiles. Estaban en su terreno, se notaba. Sólo una persona que sabe qué piedra no se va a caer actúa de una manera ten desenfadada en un lugar tan muerto. Tan cruel.

Me acerqué a ellos, temerosa, pensando en si, tal vez, podría estar lo suficientemente cerca para hacer una foto sin que ellos me viesen, pero me detectaron antes incluso de que pudiera ver que cerca de ellos los arbustos empezaban a tener flores.

El primero que me vio estaba subido en una pared derruida, me miró curioso y divertido. Si ellos eran así, no estarían muy acostumbrados a ver a alguien como yo.

Debió ser todo un acontecimiento.

Una vez descubierta pensé que salir no sería tan grave, que no me harían nada, así que lo hice y tomé un par de fotos.

Los hombres rieron divertidos, ahora sí, todos, mientras me miraban con hambre. Con mucha hambre.

No podía entender nada de lo que me decían, su lengua era totalmente distinta a la mía y ya se preocupaban ellos de que sus gestos no les delatasen. Yo, simplemente, les observaba perpleja y sonreía.

Al cabo de un rato algo pasó y ellos se fueron corriendo.

No supe en ese momento si estaría pasando algo horrible que pudiera venir a devorarme entera. Tampoco supe si era la hora del almuerzo o de volver al trabajo. Para mí allí todo estaba vacío de rutinas y minutos.

Sólo pensé en que yo estaba allí por algún motivo y fuera cual fuese la sorpresa que la vida me deparaba yo no era quien para cambiarlo. Sólo era libre de vivirlo como se me antojase.

Miré al abrasador sol con una sonrisa de complicidad porque era el único compañero conocido que me arropaba en esta y cualquier otra inusual aventura.

El único que debía saber cómo había llegado allí.

Yo me senté en aquella tierra dorada, miré los arbustos floridos, las ruinas, a lo lejos seguí viendo esa tierra y ruinas y más ruinas.

Tal vez a unos simples doscientos o trescientos metros haya algo. Quizá valdría con echarse a andar para encontrar una civilización magnífica y hospitalaria. Pero yo me quedé ahí, sentada.

Me sentía más a gusto, más protegida, bajo el sol que entre mortales.

viernes 21 de agosto de 2009

Compartiendo el mismo suspiro

Por una vez estábamos los tres allí, juntos, tumbados sobre ese sofá.
Esto no quiere decir que antes el mundo no nos hubiese visto compartir espacio tiempo, si no que nunca lo habíamos compartido así.
La habitación estaba oscura, pero cálida. Yo estaba tumbada con los ojos clavados en el techo y un hombre en cada costado.
Dos. Y eran amigos.
Qué podría contar de ellos para que el mundo entero sintiese lo que yo, para que vieran que son complementarios, que el uno sin el otro es un amor cojo. Son obras de arte sin un brazo cada uno.
Alberto había sido el primer amor de mi vida. Alto, guapo, inteligente y con una eterna guerra interna que le hacía un poeta atormentado. Un niño caprichoso. Con una voz dulce y sinuosa y unas manos delgadas y largas.
Tenía el encanto especial de un niño mayor de edad. Un niño con cambios de humor, pero con una infinita capacidad de amar escondida.
Jaime era muy distinto, era algo más bajo y fuerte, aunque también apuesto e inteligente como Alberto, aunque cada uno a su manera, supongo.
Jaime tenía unos brazos fuertes, una voz socarrona y cavernosa, una mirada penetrante que podía hacer temblar el mundo entero. No sabía como sería como confidente o como amante, pero le intuía cariñoso y pasional. Era como una bestia vestida de traje. Se le veía muy animal. Muy entero. Muy en su sitio.

Y aquel día allí estaba yo, con un hombre a cada costado. Pensando en que, tal vez, ese sería el paraíso de cualquier mujer a la que le encantase el hombre en todo su esplendor. Con todos sus pequeños matices y manías.
Primero besé a Alberto, como siempre lo hice, desde la inocencia y la timidez, suavemente, dejando que sus labios se posaran en los míos poco a poco, como si aún fuese aquella niña que se enamoró de él hasta el último rincón del alma.
Jaime lo sabía, lo veía todo, me lo estaba diciendo al oído. Esa voz. Jaime, vaya voz. Me haces temblar el corazón entero, me tiembla tu eco dentro de la piel.
Jaime sonreía, travieso, porque en su avidez de hombre no caben los celos. Porque sabe que Alberto está ahí, pero él también, él tiene su momento. No tiene prisa. Ni rival que valga.

Entonces me giré y besé a Jaime a espaldas de Alberto. Alberto sí que no podía verlo, para él no sería una anécdota picante a añadir al juego. Así que fue un beso de fuego lento. De fuego mudo, sin manos furtivas ni gemidos.
No hay gritos que valgan, caperucita (me dijo)

Los segundos pasaban en mi doble juego. Pasaban amenazantes porque cada segundo era un segundo menos hasta que algo cambiase, hasta que algo hiciese que todo terminara. Mirando al techo empezaron a desdibujarse los contornos.
Ahora mis hombres estaban borrosos, como dos fantasmas, como dos nubes de humo envolviéndome.
No sentí miedo. Sé que aun eran ellos. Eran sus esencias.

Aspiré profundamente, me llené los pulmones con sus cuerpos difusos, con sus centímetros de humo blanco y caliente. Con su vida.

Allí me quedé sola, sobre aquel sofá, con ellos dos conviviendo dentro de mi pecho, en armonía, cada uno besando un pulmón. Revolviéndome y haciéndome sonreír.
Así me dormí, plena, calma. Mis dos hombres me cuidan la espalda.

jueves 30 de julio de 2009

Disfrazadas

Lo habíamos conseguido. Era una de esas cosas freak que tanto nos gusta hacer. Esta vez éramos de todas las edades.
¿Cuántas personas? Seguramente más de cien, vestidas con los disfraces de los cuentos populares o bien películas infantiles, un poco de todo. Habíamos quedado todas debajo del viejo puente, incluso las más peques (aunque sus padres seguían allí observando la escena), para darnos un paseo por la ciudad y darle un toque de color y nostalgia a las calles.
Cuando llegué ya estabas enfadada, gritándole blasfemias al cielo y diciéndo que no necesitabas todo esto. Me di prisa en llegar, pero ya habías subido las escaleras y cruzabas el puente. Era imposible no reconocerte, morena, con la piel muy blanca, unos piratas anchos negros y tus zapatillas de skate blancas y rosas.

- ¿Qué ha pasado? -
- No lo sé - me dijo Diana, de seis años, alias Alicia en el país de las Maravillas - de repente se ha enfadado y se ha puesto a gritar y... mírala... se va cantando -

Eso hacías siempre. Cuando te enfadabas, cuando estabas incómoda te ibas andando muy rápido y cantando, como si quisieras huir sin darte cuenta de qué pasaba, qué dejabas detrás.
Llegó Eva, once años, Blancanieves. Me dijo que te había visto llorar cuando llegó, que estabas tú sola allí con unos sprays, sin tu disfraz y llorando en silencio, con las manos entrelazadas y los codos apoyados en las rodillas.

Destrozada.

Se acercó Clara, veintidós años, Fiona y me contó que lo estabas pasando mal ultimamente. Hicimos una reunión "de cuento" y decidimos que nuestra ruta de nostalgia cambiaría, serviría para encontrarte, no había tiempo que perder.

Empezamos andando, saliendo del puente y pensando en dónde podrías haberte ido. Pensamos en el pueblo de al lado porque allí hay tren para llegar a donde tú vives, así que dedicimos ir. La gente nos miraba (eso esperábamos) pero ahora no veía a unas princesitas felices, sino a una verdadera tropa de búsqueda con curiosos atuendos.

- ¿Dónde te has dejado al lobo, caperucita? -
- Oye, oye, sin tocar - dijo Fiona interponiéndose entre el chico y yo.

Aunque no me vieras, ni que decir tiene que yo era caperucita. Cómo no.
Por más que buscamos por todas partes no fuimos capaces de encontrarte. A saber dónde y cómo podrías estar, pero acabamos preocupándonos. Llegamos a pensar que tal vez te había pasado algo realmente grave, no nos habíamos dado cuenta y ahora estabas en peligro.
Hasta las más pequeñas estaban tensas. Así que decidimos acelerar la marcha.

Tenías que habernos visto, te hubiera encantado. Mas o menos cien princesitas perfectamente caracterizadas corriendo por unas calles mojadas y grises a la vista de todo vecino. Las caras de la gente eran de foto, creeme, no se me olvidará ni un sólo detalle.
Fiona y yo paramos y detuvimos a las demás. Había que separarnos en grupos. Ella y yo estaríamos en un grupo con al menos diez de las niñas más pequeñas, por otro lado estarían Susana, veinte años, pocahontas, con cinco niñas, Rebeca, veintiún años, Megara, con seis niñas y el resto en un grupo más grande con trés chicas de veinticinco años que eran Flora, Fauna y Primavera, con las demás adolescentes y niñas.
Ellas irían por el centro.

Fiona y yo decidimos buscarte por la zona de skate.
Y allí, después de correr casi quinientos metros te encontramos, llorando en el hombro de a saber qué chica que no fuimos capaces de reconocer contigo.
Cuando nos viste viniste corriendo con lágrimas en los ojos y las niñas empezaron a llorar de emoción.
Me miraste y dijiste
- Dios, cuánto me alegro de que hayáis venido, me sentía tan sola... -

En ese momento miraste a mi izquierda y dijiste:

- Pensé que vendrías tú sola, ya sabes, tú y yo somos las que tenemos que arreglar esto... aunque me alegro de que hayas traído a las demás para salvarme -

La sorpresa fue máxima cuando miré a mi izquierda y... te vi a ti.
Eras tú, con la cara inundada en lágrimas.

Miré a las demás y les pedí que por favor nos dejaran solas.

Yo sólo pude contener la emoción, mirarte fíjamente a los ojos y decirte:




- Si sigues con esta guerra interna eternamente, nunca podré salvarte -