martes, 13 de abril de 2010

Confianza

Aquel día habíamos quedado, como ya era costumbre, para ir a dar un paseo por el parque del centro (sí, el del lago).
Llegué a tu casa a eso de las seis y media de la tarde pensando que ya habrías llegado y estarías merendando o tomándote un café.
Cuando llegué, abrí con la llave que tú mismo me diste, alegando que, ya iba siendo hora, de empezar a tener confianza el uno en el otro.
La casa estaba vacía. Oscura. Atravesé el salón y fui abriendo ventanas y levantando persianas allí donde iba para dejar que la luz del sol iluminase aquel sitio tan gris y tan triste. No te vi. No me preocupé porque conozco tu sentido desinteresado y despreocupado de vivir, así que, para esperarte, me fui a la cocina a prepararme un pequeño tentempié.
El tiempo iba pasando y tú seguías sin aparecer... pensé que quizá aun estarías en el trabajo y me dispuse a ir a buscarte y darte una sorpresa.
Cuando me marchaba tropecé con algo. Miré hacia el suelo y vi un gran bulto negro. Cuando giraste la cabeza me sobresalté.

- ¿Qué haces ahí? -
- Esperaba que no me vieras... -
- ¿Por qué? -

Ante mi pregunta tu rostro cambió. Empezó a retorcerse y arrugarse como lo hace el morro de un lobo enfadado.

- ¿Qué te piensas eh? Eres como todas ¡Todas! Todas os pensáis que tengo que estar siempre ahí para cuando os dé la gana ¡Pues no! Estoy más que harto de... -
- Basta. Me voy -
- ¿Qué? No... espera... -

Mientras intentabas sujetarme por el brazo cogí mis cosas y me dirigí hacia la puerta. Tuve que pegar un par de tirones para soltarme de ti. Cuando ya estaba casi en la puerta, tu tirón fue más fuerte, tan fuerte que me diste la vuelta por completo.

- ¿Dónde vas? -
- ¿Cómo que donde voy? ¿Te crees que me voy a quedar aquí escuchando como me gritas? Te recuerdo, que hoy habíamos quedado. Tú me pediste que viniera. Si tan hecho mierda estabas, no habérmelo dicho, o haberme avisado. Me estás haciendo sentir una acosadora y yo... yo no voy detrás de nadie -
- Espera -
- ¿Qué narices quieres? -
- Lo siento -
- Me da igual que lo sientas, me voy -

Salí del portal y me confundí entre la gente, todo estaba lleno de personas que subían y bajaba por la inmensa avenida a toda velocidad. Volviste a cogerme, pero me solté y seguí bajando y bajando hacia el parque.
De vez en cuando me giraba para ver si habías vuelto a salir, en el fondo no deseaba otra cosa que consiguieras pararme, arregláramos todo y pudiéramos volver a casa a ver cualquier programa basura y echar la tarde abrazados en el sofá. Pero no podía consentir algo así, no podía consentir que me gritaras cuando te viniera en gana. No tenías derecho.
Me giré una última vez antes de llegar al cruce, pero no estabas.
No estabas allí, estabas justo en frente de mí.

- Venga, tonta... no te enfades... vámonos a casa -
- No -

Ese "no" salió de lo más profundo de mi alma.
Ese "no" fue la respuesta a una nueva faceta tuya que, ahora ya, es demasiado tarde para olvidar.
Ya no eras ese gran perro protector que siempre me acompañaba, no eras ese gran lobo estepario aullando a la luna... no... eras una especie de felino tramando algo. Tu cara era ahora más ancha y más chata, enseñando unos colmillos afilados y un arrullo ronroneante y dulzón que nada entendía de sentimientos nobles.

- No voy a casa contigo, tú quieres que vayamos y matarme allí -

Apoyé la mano en tu pecho para ver si tu corazón se aceleraba ante tamaña declaración, pero no fue así, sonreíste y dijiste:

"vaya tontería"

Y una chispita carmín te brilló en los ojos.
La mecha acababa de encenderse y yo me marché justo antes de que explotaras.