jueves, 7 de enero de 2010

Criaturas en el estanque

Era una tarde primaveral. Empezaba a llegar un atardecer tímidamente anaranjado.
Allí nos habíamos reunido buena parte del grupo, estaban Carla, Álvaro, la Muñeca Rubia, el Pelirrojo... un poco de todo. Las vacaciones de primavear tenían una capacidad especial de unir a los más dispares personajes por cercanía geográfica.
Nos sentamos en un banco del parque frente al gran estanque. El sol caíca casi encima del agua como una enorme bola de fuego. Daba un calor tibio y estaba perdiendo la capacidad de deslumbrar. Una suave brisa pasaba acompañándonos en silencio. No hablábamos, disfrutábamos del momento sabiendo que no habría nada mejor que aquel silencio lleno de tibia paz.
En el estanque había peces y patos. Los habían traído hace poco, cuando las temperaturas invernales se habían ido permitiendo de nuevo una vida algo delicada.
Me concentré en el vaivén del agua, tan lento y relajante, cuando vi que aparecía una sombra extrañamente grande.
Muy grande.
Eran peces de tamaño industrial.
En aquel estanque en medio del parque siempre había habido pequeños pececitos rojos que tal vez crecían un poco a lo largo del año hasta la llegada del frío, pero esta vez eran descomunales.
Miré a mis compañeros y en las caras de algunos se reflejaba la misma sorpresa que en la mía, otros seguían distraidos mirando al cielo, escuchando música, viendo crecer la hierba...
Pero lo que vimos a continuación no pudimos obviarlo ninguno.
Unas manchas de color cálido y de tamaño bestial estaban pasando casi por la superficie del agua. Cuando pasaron cerca pudimos darnos cuenta de que eran unos seres con forma de huso a rayas naranjas y amarillas. No eran líneas irregulares eran como... como anillos a lo largo de todo su cuerpo.
Una de aquellas criaturas sacó la cabeza por encima del agua. Tenía el hocico afilado como un mapache y parecía tener un pelaje impermeable pero mullido. No parecía amenazante pese a su excepcionalidad y tamaño, pero seguía siendo un "animal" desconocido.
No podíamos dejar de mirar.
Uno de esos seres saltó del agua haciendo una pirueta, se enroscó sobre sí mismo y se quedó girando en el aire como si no existiera la gravedad.
Tapó el sol.
Todos nos quedamos boquiabiertos en la sombra que daba aquel inmenso círculo peludo que se había convertido en una gran bola de peluche naranja.
Mientras todos miraban yo bajé la vista hasta que mis ojos se toparon con los de otras tres criaturas que habían sacado su hocico sobre la orilla y se disponían a salir del estanque y venir hacia nosotros.
Cogí a la persona que tenía más cerca y le zarandeé con todas mis fuerzas para reclamar su atención, aun cuando lo conseguí todos seguíamos estando petrificados.
Aunque esos animales tenían pinta de ser unos enormes mapaches (por poner un análogo conocido) no andaban sobre patas... ellos... reptaban como serpientes, pero, a la vez, parecía como si no llegaran a tocar el suelo, tenían un movimiento rápido y fluído sobre la hierba.
Nos levantamos del banco por inercia y nos dispusimos a correr por pura supervivencia cuando, para nuestra sorpresa, otras manchas blancas y pardas empezaban a corretear por debajo del agua como lo habían hecho las otras antes.
Estas no gastaron tantos preámbulos en salir del agua.
Eran algo parecido a perros de presa.
Eran blancos, con manchas blancas o grises, tenían un cuerpo parecido al de un staffordshire terrier, anchos y no demasiado altos de cruzada, pero estos eran muy, muy anchos, casi parecían mesas. Su hocico era más parecido al de un bull terrier, pero como el resto de su cuerpo estaba dado de sí en lo que a anchura se refería, tanto, que ese hocico hecho de pelo corto parecía casi un pico de pato.
Eso sí, sus dientes eran de un cánido, sin ninguna duda.
Los vi mientras nos gruñían.
Ahora sí que salimos corriendo, corriendo como si hubiéramos visto un fantasma, a toda velocidad por el parque que (¿Cuándo había ocurrido?) estaba completamente vacío.
Siempre fui una gran corredora y me puse con facilidad en la primera posición y, cuando estaba ya a medio camino de salir de aquel maldito parque, me giré mientras corría para ver cómo les estaba yendo a mis compañeros.
Vi como muchos caían al suelo, les vi forcejear con los perros cuando les tenían encima, pero hubo algo curioso que me relajó en parte, sólo en parte. Los perros no tiraban a morder, no, en su lugar abusaban de su anchura y su fuerte musculatura para tumbar a sus oponentes en placajes de rugby.
No tenía tiempo para preocuparme por nadie, si bajaba la marcha iba a perder una ventaja preciosa y tenía que preocuparme por mi propia integridad física.
Salí del parque y la primavera se quedó con él.
Me vi en una calle de ciudad, alumbrada por pálidas farolas, hacia un frío terrible, era de noche y estaba empezando a nevar. La garganta estaba sufriendo y me lo hacía saber en forma de molestias, que luego pasó a ser claro dolor.
Me giré, estaba sola, no había nadie, salvo uno de esos perros siguiéndome desde lejos, nada le afectaba, parecía un todoterreno con el depósito lleno.
Yo, poco a poco, fui perdiendo mi capacidad física y mi aguante y descendí el ritmo. Podía oír sus jadeos cada vez más cerca, ya casi pegados a mis piernas.
Entonces noté el golpe. Un golpe duro y seco, como si me hubieran pegado con un saco de boxeo.
Se me doblaron las piernas y caí al suelo.
La cabeza me daba vueltas y los ojos se me cerraban contra mi voluntad. Mi respiración entrecortada no podía mantener mi cerebro despierto. Empecé a notar que iba a perder la consciencia.
El perro y todo su peso se apoyaron en mi pecho, se me subió, literalmente, encima, con esas patas fuertes y robustas.

- Tu has tenido una perra -

¿Me estaba hablando? Por Dios, si era un maldito perro.

- Sí -

Tampoco sé qué demonios hacía yo contestándole.

- Bien, ahora dime ¿Es verdad que se ha acostado con otros? -

"¿Qué demonios....?"

2 comentarios:

ichirinnohana_is dijo...

Qué final más raro a una historia tan rara :S

Besotes^^

Carla dijo...

Qué cosas pasan...


un besote

:)