martes, 21 de abril de 2009

Mi elección

Mi familia llevaba siendo perseguida desde que tenía uso de razón. Mis padres, mis dos hermanas y yo, habíamos cambiado tantas veces de domicilio que no sería capaz de recordar ni una sola de todas esas direcciones.
La última vez nos mudamos a un piso enorme, en una callejuela un poco escondida de una gran ciudad en mitad de Europa.
Teníamos un gran salón en medio, de colores neutros, que separaba nuestra habitación, de un azul vivo y alegre, de la de nuestros padres, de un azul apagado y muebles color caoba, muy oscuros, casi negros.
Yo compartía habitación con las dos canijas. Dormía en una cama enorme con la mediana y al lado teníamos una cuna para la pequeña (aunque ésta, de vez en cuando, dormía con mis padres).
Hablábamos poco sobre todo esto de cambiar de piso, pero yo ya tenía una edad y podía ver que, antes de cada cambio, la cara de mi padre se derretía en una mueca horrible de pánico y preocupación.
Una mueca como la que tuvo esa misma mañana.
Me encargó ir a por billetes a la estación, e incluso me escribió una nota con lo que tenía que decir porque aun no dominaba bien el idioma.
La estación estaba al final de la calle, haciendo esquina, era un sitio enorme y metálico.
Me acerqué a una de las ventanillas y, tras media hora esperando, conseguí los ansiados billetes. Pagué y los miré mil veces para asegurarme de que no me había equivocado.
Levanté la vista y vi, en el cristal de la taquilla, el reflejo de unos hombres mirándome y... no sabría decir por qué, pero sus caras me eran familiares.
Sin embargo, ni un sólo sentimiento de cariño me llegaba tras verles, más bien todo lo contrario.
Intenté darles esquinazo dentro de la estación cuando vi que me estaban siguiendo.
No fue fácil, pero aquello estaba lleno de gente así que tenía una oportunidad.
Cuando creí haberlo conseguido, salí de la estación a toda prisa, corriendo mientras mis piernas sufrían y volviendo la cabeza hacia atrás de vez en cuando para comprobar si me iban pisando los talones. Pero, al menos hasta que abrí la puerta, no les vi.
Subí corriendo a casa y me metí directamente en la cama. Allí estaba mi hermana dormida profundamente. En la cuna no había nadie, así que imaginé que la pequeña dormía con mis padres.
Yo no hacía más que revolverme en la cama, cuando mi hermana se despertó.

- ¿Qué pasa? Deja de moverte que no puedo dormir -
- Me han seguido, Ana, alguien nos está buscando -
- ¿Qué dices? ¿Lo sabe papá? -
- Creo que sí... por eso me ha mandado a comprar billetes, para irnos -
- Otra vez... -
- Sí... el caso es que en la estación dos hombres han empezado a seguirme... no sé que querrán... -
- Bueno ya que me has despertado, vamos a hablar con papá -

Mi hermana tiene catorce años y, por muy refunfuñona que pueda ponerse cuando las cosas no se hacen como ella quiere, sabe lo que es un estado de alerta.
Nos levantamos y al llegar al salón, nuestro corazón se encogió tanto que dejó de latir durante largos segundos.
El salón estaba vacío.
Vacío.
Ni un sólo mueble. Nada.
La cara de Ana se encogió en una mueca indescriptible, pero mientras ella parecía pensar "se han ido sin nosotras" yo tenía claro que lo que ocurría era que "nos habían encontrado".
Pareció desmayarse y la cogí en brazos, menos mal que es menuda para su edad.
Y fui a duras penas hasta la habitación de mis padres.
Allí encontré a un hombre desconocido y una pila de pequeñas muñecas sobre la cama de mis padres. Las cogí con la mano y las tiré por la ventana.
Dejé a mi hermana en el suelo y me propuse encararme con el hombre, cuando entre nosotros se interpuso una copia exacta de las muñecas a tamaño real. Parecía un juguete de acción de 1,70.
Llevaba un mono de neopreno, como los motoristas, el pelo largo y moreno y cara de no sentir absolutamente nada.
No preguntaron.
No hablaron.
Durante unos cuantos minutos simplemente nos mirábamos unos a otros.
En ese momento le oí decir al hombre:
- Acaba con la pequeña -
La mujer se acercó y, ante mis ojos, le partió el cuello a mi hermana.
Me tiré hacia ella y comencé a golpearla, pero ese maldito rostro de marfil era infranqueable. Zarandeaba esa melena morena con todas mis fuerzas, pegaba patadas y puñetazos... pero ella se mantenía erguida y fuerte como una esfinge.
Entonces dijo:
- Me estás empezando a cansar -
Entonces me levanté, giré la cabeza y recordé esa maravillosa terraza que había en la habitación de mis padres. Se veía toda la ciudad desde ella porque vivíamos en un sexto.
Fui hacia ella y la mujer me agarró fuertemente el brazo, pero en un último alarde de fuerza pegué un tirón y ya nadie pudo detenerme.
Puse mi pie derecho sobre las barandillas y salté.
Estiré los brazos y las piernas y sonreí. Vi como desde las ventanas de la casa estaban tirando las cosas de mis padres que se destrozaban contra el suelo.
Yo, según caía, seguía manteniendo la esperanza de caer contra algo que me amortiguase, porque yo, yo... yo miraba hacia el cielo azul casi naranja de un ocaso que amenaza con llegar.
Y poco a poco me empezaron a hormiguear los brazos, por el aire, por el sol tibio del atardecer, no sabría asegurarlo. Pero una cosa sí tenía clara, no iba a perder mi vida lloriqueando muerta de miedo en un rincón, mientras a saber quien me hacía a saber qué.
Quizá ni pretendían matarme en el momento.


Yo moriría libre.
Esa fue mi elección.

4 comentarios:

Sphynx Red dijo...

joooooooooooder, qué tensión


no puedes decir que todo había sido un sueño alfinal? nooo, tú siempre huyendo de tópicos y dejándome aquí con esta comezón en los ojos de gente muriendo, aissssss

^^

Virgilio dijo...

Adoro la sensación de caer... por desgracia, como la quiero sentir una y otra vez, debe de ser corta. Nunca más de cuatro metros de altura. No obstante, estoy seguro de que es la mejor muerte: sentir el aire rozándote, ser más rápido que nadie, notar como se acerca tu fin sin tocarte...
Hizo una muy buena elección, la muchacha.

ichirinnohana_is dijo...

Qué tensión, y qué final!!!!!!! Me ha encantado^^

Besotes^^

Hellion dijo...

esta ha sido una de las historias más espeluznantes que te leído , saludoss.